|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Nuestra parash‡ comienza con dos mitzvot y ellas finalizan el discurso de los mandamientos: la mitzv‡ de ׂofrecer las primeras frutas (bikurim)׃ y ׂel maױaser del pobre׃. Estos dos mandamientos est‡n relacionados con la cosecha agr’cola e intentan educar a las personas, proveyndolas de una perspectiva segn los valores jud’os en la esfera econ—mica de la vida. Estas dos mitzvot tienen momentos interesantes, una ocurre al inicio de la cosecha agr’cola y la otra sucede una vez que ya se ha recolectado, y est‡n relacionadas de manera directa con las dos relaciones que el hombre tiene en esta vida: la relaci—n con D-os y la relaci—n con su pr—jimo.
Encontramos una v’vida descripci—n del mandamiento de traer las primicias en la Mishn‡:
ׂ?C—mo se separaban los bikurim? La persona bajaba a su campo, ve’a un higo que maduraba, o un racimo de uvas que maduraban, o una granada, ataba un hilo alrededor de ellos y dec’a װque estos sean para bikurimױ.׃
ׂ?C—mo se llevaban los bikurim (a Jerusaln)? Todos los habitantes de las ciudades se juntaban en la ciudadֹ temprano por la ma–ana, un hombre designado dir’a: װLevantmonos y subamos a Zi—n, a la casa del Eterno, nuestro D-osױ… La flauta sonaba delante de ellos hasta que se acercaban a Jerusalnֹ Los artesanos expertos de Jerusaln se paraban delante de ellos y les daban la bienvenida diciendo װHermanos nuestros, personas de tal y tal lugar, le damos la bienvenida en pazױ. Incluso el rey Agripas tomaba una canasta, la colocaba en su hombro, y la llevaba hasta la Corte del Templo. Cuando llegaba all’, los levitas entonaban su c‡ntico.
(Tratado de Bikurim en la Mishn‡, Cap’tulo 3)
Notamos que el mandamiento comienza con las primeras frutas que maduraron en el ‡rbol. En ese momento de satisfacci—n, se le pide a la persona que marque el primer fruto y reconozca que el resultado de sus actos y su trabajo no lo hace due–o de su cosecha. La primera fruta deb’a ser llevada al Templo y entregada a los kohanim (los sacerdotes).
El final de esta mitzv‡ nos ense–a que este pedido no tiene como objetivo suprimir la sensaci—n natural humana de satisfacci—n. Por el contrario. Cuando una persona reconoce que sus bienes y su sustento son un regalo de D-os, el resultado es satisfacci—n y alegr’a. As’ es c—mo contina la descripci—n del mandamiento:
ׂTe regocijar‡s de todo el bien que el Eterno, tu D-os, te ha dado a t’ y a tu casa; t, el levita y el extranjero que viva contigo.׃
(Debarim 26:11)
De aqu’ nos movemos hacia el segundo mandamiento, el maױaser del pobre, enfocado en la relaci—n entre el hombre y su pr—jimo, y podemos ver esto como un resultado directo del mensaje que aprendemos con la mitzv‡ de las primicias.
Cada a–o, los granjeros de la tierra de Israel ten’an la mitzv‡ de dar cierto porcentaje de su cosecha a los kohanim y los levitas. Adem‡s, la mayor’a de los a–os deb’an separar un segundo diezmo, un porcentaje de la cosecha deb’a ser comido por el agricultor y su familia en Jerusaln. Pero hab’a algunos a–os (el tercero y el sexto de los siete a–os del ciclo de shmit‡) en los que no ten’an que sacar un segundo diezmo, sino separar el ׂmaױaser del pobre׃ y d‡rselo ׂal extranjero, al hurfano y a la viuda׃.
Este mandamiento expresa la compasi—n del agricultor jud’o, que le da la responsabilidad a l por el destino de otros. El hecho de que una persona tenga una cosecha pero el otro no tenga la posibilidad de sustentarse le exige que repare esta realidad social. La persona tiene el placer del fruto de su trabajo, de la abundancia que quita las preocupaciones del a–o entrante pero, al mismo tiempo, se le exige que se asegure de que su pobre vecino ameritar‡ la misma alegr’a.
Una de las m‡s grandes autoridades rab’nicas jud’as de todos los tiempos, el Rambam (Maim—nides) dice lo siguiente, en un contexto diferente:
Uno debe alimentar al extranjero, al hurfano, a la viuda y otros pobres desafortunados mientras est‡ comiendo y bebiendo. Sin embargo, cualquiera que cierre la puerta de su jard’n y coma y beba junto con su esposa e hijos sin dar nada de comer o beber al pobre y al desesperado, no estar‡ cumpliendo con una celebraci—n religiosa, sino simplemente una celebraci—n de su est—mago.
(Mishn Tor‡, Hiljot Iom Tov, Cap’tulo 6)
Est‡ permitido ser feliz, es m‡s, ?Uno debe serlo! Pero no debemos olvidarnos de aquellos que no est‡n vivenciando la alegr’a. Para que la alegr’a no sea un momento de humillaci—n, debemos mirar a nuestro alrededor, prestar atenci—n a aquellos con dificultades, y proveerlos de lo que necesiten.