Uno de los grandes sabios del Juda’smo que vivi— hace unos dos mil a–os, en la poca de la destrucci—n del Beit HaMikdash, fue Rab‡n Iojan‡n Ben Zakai. ƒl se vio forzado a afrontar una nueva realidad, que implicaba la destrucci—n del Templo y el exilio. Esto generaba la siguiente pregunta: ?Pod’a el pueblo jud’o tener una existencia sin su centro espiritual (el Beit HaMikdash) en Jerusaln? Esta era la gran inc—gnita entonces, ante el shock provocado por la destrucci—n del Templo, y el l’der de la generaci—n, Rab‡n Iojan‡n Ben Zakai, deb’a responderla.
Hoy miramos hacia atr‡s en la historia y sabemos la respuesta: ?El pueblo jud’o ha sobrevivido! Ha mantenido una fuerte conciencia nacional e incluso ha regresado a su tierra, gracias a D-os. Pero hace dos mil a–os, esto no se presentaba como algo tan obvio.
Esto es lo que aprendemos de nuestros Sabios:
ׂUna vez, Rab‡n Iojan‡n Ben Zakai estaba saliendo de Jerusaln y Rab’ Yosha lo acompa–aba. Juntos, vieron que el Templo estaba siendo destruido.
Rab’ Yosha dijo: װ?Ay de nosotros, ante la destrucci—n del Templo! ?Ese era el lugar en el que los pecados del pueblo eran expiados!ױ
Rab‡n Iojan‡n respondi—: װHijo m’o, no te sientas mal, tenemos una expiaci—n. ?Cu‡l es? Los actos de jsed (bondad), como est‡ dicho ׂPues Yo deseo la bondad, y no los sacrificios׃ (Oseas 6:6)ױ׃.
(Avot de Rab’ Natan, Cap’tulo 4)
Rab’ Yosha observ— el Beit HaMikdash en ruinas y estuvo convencido de que no habr’a esperanza para el pueblo. Hasta ese momento, el Gran Templo serv’a para expiar los pecados de Am Israel. Ahora el pueblo se dispersar’a entre sus tribus, y an dentro de ellas en sus mltiples facciones, y desaparecer’a de la faz de la tierra. Pero Rab‡n Iojan‡n Ben Zakain vio m‡s all‡, y supo que hab’a s—lo una cosa que podr’a unir al pueblo y expiar por los pecados del separatismo y el sectarismo: el amor y la bondad.
Algunos historiadores vieron esta historia como evidencia de que Rab‡n Iojan‡n Ben Zakai se opon’a a las ofrendas de sacrificios en el Beit HaMikdash. Ellos ignoran la siguiente historia, que aparece en la misma fuente, Avot de Rab’ Nat‡n, adyacente al relato anterior:
ׂ… en ese mismo momento, Jerusaln fue capturada, y Rab‡n Iojan‡n Ben Zakai estaba esperando ansioso. Porque Rab’ Iojan‡n Ben Zakai hab’a escuchado que Titus hab’a destru’do Jerusaln e incendiado el Beit HaMikdash. Entonces se rasg— sus vestiduras y sus alumnos hicieron lo propio; lloraron, gritaron y lo vivieron como un luto׃.
(Avot de Rab’ Nat‡n, Cap’tulo 4)
Cuando Rab‡n Iojan‡n Ben Zakai escuch— acerca de la destrucci—n del Gran Templo, rasg— sus vestiduras, llor— y clam— al Cielo. El dolor era insoportable. La pena era profunda. La crisis era enorme. Justamente por eso es que se lo considera como uno de los m‡s importantes l’deres en la historia jud’a, aquel que logr— ense–arle al pueblo c—mo vivir sin el Beit HaMikdash sin poner en juego su identidad jud’a y su singularidad como pueblo.
Nada puede reemplazar al Beit HaMikdash. Es por eso que ansiamos su reconstrucci—n y nunca nos rendimos, e incluso repetimos a diario ׂHaz retornar el servicio al Santuario de Tu residencia׃. Pero, por el momento, incluso que esto signifique miles de a–os, sobrevivimos y preservamos nuestra identidad por la responsabilidad que mantenemos los unos con los otros: amor y bondad, una sensaci—n de comunidad y de unidad.